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jueves, 21 de febrero de 2013

Ana y su sillón blanco.


A veces reflexiono sobre mi vida como si fuera una espectadora, como si lo que viviese no afectara ni modificara mi forma de ver, de asumir, de—valga la redundancia—vivir las cosas. Creo que, en parte, esto se lo debo a los ya casi tres años que llevo haciendo terapia que me ayudan, entre otras cosas, a dejar de lado mis juicios de valor a la hora de analizar una situación. 
Me ha pasado varias veces que, cuando por alguna razón sale en una conversación el tema de que voy al psicólogo, la gente mayor me pregunta si estoy bien y los de mi edad me dicen que estoy loca. "Yo no necesito que nadie me diga lo que tengo que hacer" es normal escuchar en la gente que, quizás, nunca fue a terapia o, por el contrario, fue y se encontró con alguien poco profesional. El día que Ana—mi psicóloga (siempre aclaro esto para que no crean que hablo en tercera persona de mí)—se atreva siquiera a deslizarme muy sutilmente una sugerencia de lo que tengo que hacer o dejar de hacer, ese día, con una sonrisa me voy a levantar del sillón blanco en el que me siento todos los miércoles a las 10 de la mañana y le voy a decir: "Muchas gracias, fue lindo mientras duró" y no voy a volver. Jamás. Porque no es así. Porque no es ese el fin de hacer terapia. Los psicólogos no tienen que decirnos qué hacer. En el imaginario colectivo está arraigada la idea de que los adolescentes necesitan un psicólogo cuando se portan mal en el colegio, se drogan, tienen alguna patología o sufrieron alguna tragedia. Puedo asegurarles que no me pasa nada de eso. Soy una adolescente "normal"—qué palabra tan horrible— con sus alegrías y problemas como tiene todo el mundo.
Me considero una persona muy pensativa. Mastico mucho las cosas que me pasan y siento y, por lo general, soy más de guardar que de decir. Quizás por eso llegó un punto donde necesité "mi espacio". Un lugar donde escucharme y ordenar todas esas ideas que se ovillan en mi cabeza; para eso me sirve ir a terapia. No saben lo lindo que es llegar a conclusiones que te dan pautas del por qué de algún comportamiento propio que te disgusta y que, de esa manera, podrías llegar a modificar. O al menos entenderlo. En lo que respecta a la relación con mi papá, por ejemplo, entendí algunas de mis actitudes que todavía no puedo modificar pero que, por lo menos, identifico y comprendo (como aquella a la que una vez le dediqué una entrada, cuando entendí que justificar era muchísimo más sencillo que escuchar la verdad del otro). De otra manera, esa relación un tanto conflictiva hubiera seguido siendo una relación de mierda y  yo, otra de las tantas adolescentes que no logra llevarse bien con alguno de sus padres. Está buenísimo encontrar porqués, tener la mente en continuo movimiento, tener el coraje de cuestionarse uno y de cuestionar a los que nos rodean, poner un límite, entender hasta dónde podemos y queremos ceder y en qué cosas no "tranzamos", identificar solos el momento en el que cometemos un error para pedir perdón cuando es necesario.
Me acuerdo perfecto el día en que, en medio de una de las dos crisis importantes que tuvo mi relación con mi mejor amiga, me senté y le dije a Ana: "Porque Marina...". Y ella, maliciosa, sonrió y alzando una ceja dijo: "¿Marina?", intervención a la que yo suspiré y aclaré: "Maru" y ella rió. Aquella expresión fue suficiente para identificar mi enojo. Después de haber estado casi la totalidad de la sesión hablando del problema—que ahora ya no recuerdo cuál fue, aunque sí recuerdo que fue hace dos veranos—logró hacerme ver y yo logré ver, que más allá de esa pelea de mierda que habíamos tenido, yo priorizaba un montón de otras cosas que eran más importantes que una discusión y tan importantes eran que había podido enumerarlas en medio del enojo. Igual que el día que con los ojos llorosos le dije: "Porque ahora ella se fue a Nueva York y yo no le pude decir ni 'buen viaje'", eso para mí era más importante que el tiempo que llevábamos sin hablarnos (que ya era más de un mes). Ahora me río, porque a veces soy dramática y porque Ana me respondió: "Bueno, pero no se fue a vivir...".
Me gusta la importancia que toma la palabra cuando uno hace terapia. El porqué uno elije una palabra y no otra, porqué decidimos callar, porqué hablamos, porqué decimos lo que decimos o hacemos lo que hacemos. Ojalá pudiésemos todos traspasar ese valor a todos los ámbitos de nuestras vidas, ser conscientes de que lo que decimos es una forma de expresión tan valiosa como lo puede ser un gesto. Poner en palabras lo que nos pasa puede ser el comienzo o el fin de muchas cosas, y es algo que nadie más puede hacer por nosotros.


lunes, 21 de enero de 2013

El fin de semana lo pasé en la casa de mi mejor amigo, recordando esos viejos tiempos que tanta falta me hacían. Le hice chocolatadas a altas horas de la madrugada. Fumó, cantó, me explicó un poco de guitarra, me mimó. Me abrazó. Cocinó la torta que le enseñé cuando éramos chicos. Merendamos al aire libre. Cantó. Tocó la guitarra. Llamó a su mejor amigo. A su novio. Los invitó a su casa. Me besó. Lo besó. Nos cocinó la cena. Tocaron juntos otra vez. Miramos películas. Me dejó dormir en su cama. Me despertó a los besos. Nacho seguía tirado en el piso, durmiendo. Volvió a abrazarme cuando me largué a llorar porque necesitaba estar con ellos, estar bien con ellos, volver a estar así. Me acarició el pelo. Siempre me transmite esa seguridad que no encuentro en otra persona, que quizás no quiero encontrar en otra persona. Porque lo importante de Franco son los detalles; lo mucho que me conoce, la facilidad con la que adivina lo que me pasa; la palabra justa en el momento justo; los gestos; cómo me deja cuando necesito libertad, sin siquiera tener que pedírselo; el amor con el que me mira; la ternura cuando me habla; como es capaz de perdonarme cualquier cosa, y a pesar de eso yo no quiero lastimarlo. Ya no. Nunca más.
Si algún día encuentran una persona que los quiera así, no la dejen ir. No la dejen "pasar" por sus vidas. Hagan todo para que se quede para siempre. Al menos para que deje una huella, que signifique. No hay nada más lindo que esos silencios cómodos que podrían durar por siempre. Él lo sabe y se aprovecha seguido. A veces ni siquiera se toma el trabajo de responder. A veces nos odiamos tanto como nos queremos, pero inevitablemente volvemos al otro cuando algo nos desestabiliza. No hay nada como llorar abrazado a alguien que te quiere de verdad, que daría lo que fuera por sanarte un poquito. En serio, no lo dejen pasar.

Ah, otra cosa: Me da ternura la gente que lee lo que escribo y me lo hace saber. Con un comentario anónimo, por connected, por Facebook, por dónde fuera. ¡Sepan que lo valoro mucho, gracias!
Espero volver a escribir más seguido.
Los quiere, 
B.

martes, 9 de octubre de 2012

Franco y la guerra.

Tarde o temprano, siempre llega un punto en nuestra relación en el cual Franco se da cuenta que es preciso recordarme que es humano y que se equivoca. El problema de semejante favor no es que lo haga, ya que hasta en cierto modo es sano, sino la forma en que lo hace y que no haya límites. Si la hunde, la hunde hasta el fondo; y hoy no hubo excepción. 
Ya de por sí es desagradable escuchar a alguien atribuyéndose o alardeando del poder de hacerte sentir feliz. ¿Por qué? No sólo porque las personas les entregamos esas facultades a aquellas que creemos que jamás van a usarlas en nuestra contra, sino también porque ese poder conlleva, además, el de hacernos mal. El de destruirnos. El de jugar con nuestra psiquis hasta el punto de dañarla. Sin embargo, y conociendo de memoria mi concepción de las cosas, se creyó lo suficientemente hombre para decir, sin ningún tipo de recaudo, que yo no iba a ser feliz con nadie que no fuera él—o al menos no tanto como lo fui con él. Y a cruel, cruel y medio. Me encargué de recordarle sus fallas, para que él también se dé cuenta que es humano. Le recordé lo mucho que sufrí cuando no supo usar bien toda esa confianza que yo había depositado en él; cuando se encargó de destruirme para terminar desapareciendo por años, sólo porque no podía soportar que la culpa fuera la única que me torturara. En su momento le gustó verme sufrir, más cuando era él quien provocaba todo ese dolor. 
Hacía tiempo que no hablábamos, pero entendió perfectamente lo que pasaba. No hizo falta contarle muchas cosas para que se diera cuenta a qué se debía la distancia, punto al cual objeté con un "vos tampoco me llamaste". Se dio cuenta tarde de que lo que había dicho estaba mal, que los dos habíamos sufrido a manos del otro, y que juntos somos tan destructivos que no hay otra posibilidad concebible que no sea esa amistad tan linda que logramos tener en los momentos de calma. Y es curioso que la última vez que lo vi, tan vulnerable como estaba, haya llegado a la conclusión de que nos necesitamos para subsistir. "Porque no le vas a decir lo que sentís, porque sos cobarde y no te animás a ponerte esos ovarios de los que tanto alarde hacés para decirle lo que te pasa", dijo, simplemente porque le divierte ser injusto conmigo; lo más triste es que no tiene ni idea justamente porque desapareció lo suficiente para que yo me olvidase—y olvidarse él— que la última vez que lo vi estaba muy triste como para siquiera levantarse del piso por sí solo. Y que ahí estuve yo, sentada en el piso de un baño asqueroso mientras temblaba de frío.
Yo lo quiero. Nunca quise tanto a nadie como lo quise a él en su momento, pero ya no aparece en esos lugares donde mi felicidad depende de su persona, ya no tiene el poder de destrozarme. Y no lo tiene hace años, aunque pareciera que todavía no se enteró.
¿Lo peor? Saltó y no había charquito, pero los celos son más fuertes que él, que no puede con su psiquis. No vamos a volver a hablar por un mes, por lo menos; hasta que yo llame y le diga: "está bien, te perdono la cagada que te mandaste".


lunes, 3 de septiembre de 2012

Un pedacito de lo que me pasa

Me gusta cuando se ríe. Me gusta siempre, bah. Pero me gusta escuchar cómo se ríe porque no tiene una de esas risas estruendosas (como la mía, digamos), ni de esas sin sonido que parece que son más por cortesía que por sinceridad. Su risa es perfecta. O no. Pero es amena y a mí me hace feliz. ¿Pero qué no nos hace felices cuando se trata de hablar de la persona con la que queremos pasar los siguientes años (quizás meses o semanas, o simplemente un poco de tiempo)? Pero ese tiempo no es como el resto de los días que queremos pasar con amigos, tomando mate, tocando la guitarra y hablando de la vida. No, ese tiempo, que queremos regalarle entero y con moñito, pretende ser especial. Quizás porque queremos enseñarle a querernos o simplemente porque estar con esta persona nos hace bien.

Entonces el miedo nos da unos golpecitos en la sien con los nudillos y nos recuerda, como fiel compañero que es, que es el único que va a estar ahí el resto de nuestras inciertas vidas. Pero el miedo, por lo menos ahora, tiene sus razones. Nos pregunta, en susurros, qué pasaría si esta persona no quiere nuestro regalo, no le gusta el envoltorio o el moñito. O le gusta el regalo pero no de quién viene y entonces todo nuestro proyecto se destruye como los castillos de arena que están hechos muy cerca del mar cuando viene una ola. Pero cuando ésta se va por donde vino y sólo nos quedan restos aguados de todo lo que nuestro castillo soñaba ser, su sonrisa nos inunda la mente. 

¿Se dieron cuenta que empecé hablando de mí y ahora estoy hablando de todos en general? No importa, yo sé que pasaste/pasás/vas a pasar por esta etapa de mierda que se llama enamoramiento en la cual la incertidumbre es lo único que prevalece y va matando o inflando a gusto y piaccere. 

Así que vamos a retomar esa parte en la que yo decía que me gusta cuando se ríe. Me gusta ver cuando la sonrisa alcanza sus ojos, aunque es probable que sea algo que no me pasa sólo con él si no con toda la gente que quiero y que quiero bien. La verdad es que en esta situación se potencia, se potencia todo lo que me pueda llegar a pasar con otra persona. Pero no viene al caso. Tampoco queremos que el susodicho se asuste por la magnitud de todo esto y se espante. No es que me haya sacado el corazón, lo haya puesto en una caja y le haya atado una cinta. El corazón sigue en su lugar, creo. Les daría una certeza si pudiera corroborarlo pero no voy a llegar metiéndome la mano en la boca. 

Tengo pulso, ¿sirve? Espero que sí.

Ya estoy diciendo incoherencias, sepan disculpar.

¡Cuánto estoy escribiendo estos días! ¿Será la tristeza que se esconde atrás de esta aparente alegría para no frenar un minuto y ponerse a llorar? No lo sabemos. 

Pero hasta que lo sepamos, les dejo esta entrada y un beso. Se me cuidan.

(Quizás vuelva pronto, quizás no. Eso tampoco lo sabemos.)

jueves, 16 de agosto de 2012

La vida es una vorágine. Acabo de llegar a esa conclusión. No quería ponerme filosófica ni muchos menos, es más, pretendía escribir ficción pero vi el rectángulo blanco, el cursor titilando y llegué a esa conclusión.
Siempre algo ronda nuestra mente y nunca terminamos de abandonar ciertas cosas para permitirnos no hacer realmente nada por un rato. Y con "realmente nada" me refiero a buscar un lugar al aire libre lo más alejado posible de la ciudad para tirarnos en el pasto mirar al cielo y no hacer nada. Dejar de pensar y si es posible de sentir. O quizás no dejar de sentir, pero sí dejar de enredarnos en esa maraña que a menudo nos causan los sentimientos. Percibir los que nos rodea, el sol acariciándonos la cara y despreocuparse del tiempo que pasa, la gente... Creo que estamos perdiendo la esencia. Hasta hoy no lo había notado o quizás sí pero no con tanta atención y me preocupa. Tampoco pretendo decir que la tecnología y bla bla bla y el capitalismo y todo nos están cagando la vida. Nosotros nos dejamos quitar la esencia, también. Para pensar.

(No lo escribí hoy, lo encontré en borradores)

miércoles, 8 de agosto de 2012

El regreso II

"Hace más de una semana que no escribo a mano. Disfruto, sin embargo, de ese placer casi obsoleto. A pesar, incluso, de mi imprenta adolescente y descuidada. Aunque peor sería la cursiva que no evolucionó desde que dejé de usarla en primaria.
Escribo en un anotador pequeño que encontré sobre la mesa con una lapicera que le hacía compañía, como si me dijeran "dale, vení, dale". En la misma mesa ratona yace la taza de té floral en hebras que le regalé a Pato y del que me terminé haciendo fanática. Cuatro cucharadas de miel. Sí, me gusta dulce. Tomar té y sobre todo a esta hora (deben ser alrededor de las 3 a.m., disculpen la imprecisión pero no tengo un reloj a mano) es algo que tengo totalmente asociado a Valeria. Creo que la primera vez que me hice un té con miel en el medio de la noche fue aquel ya lejano martes de Abril cuando me di cuenta que la quería—recuerdo que esa martes porque recuerdo, también, haber hablado el miércoles en terapia de toda la situación). Las noches siempre eran los té, ella y buena música. Ahora que Vale ya no está para compartir el té o una charla sobre arte, las infusiones quedaron etiquetadas como "resabios". Es irónico, claro, porque porque jamás podría ser una mala costumbre.
Creo que la frase exacta fue: "Tengo en la mesa de luz dos tazas con restos de té, resabios de mi amor por Valeria". Fue la primera vez que la palabra amor y su nombre estaban en la misma oración aunque es probable que no haya sido amor, de ese a m o r con todas las letras; de ese amor que empieza como una pelota de tenis y termina ardiendo en cada una de nuestras terminaciones nerviosas. A mi manera la quise, sin embargo.
Disparé para cualquier lado, retomemos: la taza yace en la mesa ratona y el libro que estaba leyendo antes de tentarme con todo esto, está abierto exhibiendo sin vergüenza sus hojas amarillentas. Yo estoy acurrucada en el sillón naranja, los pies escondidos en el medio de los almohadones para evitar el frío, la ropa con la que fui al teatro más un suéter gigante del largo de un vestido que mamá dejó en el perchero. Nietzsche me está esperando, pero ahora no quiero más que dormirme acá acurrucada o teletransportarme a la habitación.
Maybe está durmiendo, escucho su respiración pesada. Todo está calmo, la televisión apagada, no hay ruidos afuera y las otras dos integrantes de esta familia duermen. Lo único que hace ruido es la heladera.
No puedo escribir más, se me cierran los ojos y la letra se está volviendo más terrorífica de lo que ya era.
Tres hojas de anotador después, llego a la conclusión de que debería reemplazar el té nocturno por el café nocturno y dejar de echarle la culpa al té de las fallas que tuvo esa... no, relación no es la palabra. Algún día encontraré una palabra."

Descripción gráfica de una de las primeras noches sin Internet.

martes, 7 de agosto de 2012

El regreso

Siempre buscamos alguien que nos note, que repare en el hecho de que el encuentro de miradas no es casual si no planeado y que si bajamos la mirada es por vergüenza y no por indiferencia. Pero cuando lo encontramos, no solemos confesar estas cosas. En realidad muy pocas veces nos tomamos el tiempo de decir lo que nos pasa y nos dedicamos, simplemente, a dar amor físicamente.

De vez en cuando está bueno decir lo que nos pasa. Poner en palabras el amor, la calentura, el enamoramiento o la amistad, porque de vez en cuando, también, es lindo enterarnos qué significamos para los demás. Y si el remolino que nos genera lo que sentimos es demasiado grande como para siquiera intentar comprenderlo, siempre tenemos la posibilidad de decir: "me confundís, pero soy tan feliz con esta confusión que la verdad que no me importa". Y cuántas veces amar se trata de confusiones.

Todo sería tan lindo si hablar de sentimientos fuese sencillo. Siempre hay un "pero" y sé que en estas situaciones suele ser grande. Pero, y acá viene la buena noticia, poner en palabras es una forma de reconocer que las cosas pasan; y pasan. Al final, si lo guardamos va a seguir pasando y quién sea destinatario de nuestros —secretos, prohibidos, públicos, no tan secretos, lujuriosos, enternecedores, cariñosos—sentimientos nunca va a enterarse. No perdemos nada, ¿no?

Sí, queridos ficticios lectores, no soy estúpida, sé que es difícil. Pero intentemos recordarle a la gente que nos rodea y a la que no (pero desearíamos que lo hiciese) lo que significan para nosotros. El día que nos devuelvan un abrazo, un beso que no esperamos, una sonrisa o una de esas miradas que valen oro, sabremos, finalmente, que alguien nos ha notado. Y entonces tendremos la certeza de que los sentimientos, esos engorrosos, están ahí por algo.

Creo que nada más. Debería haber vuelto con algo más lindo, supongo, pero es todo lo que tengo por ahora. Y por ahora puede ser por una hora o por un día, no sabemos. Lo que sí sabemos es que voy a volver.

sábado, 28 de enero de 2012

Es raro volver a un lugar que solías frecuentar en el pasado; un lugar en el que fuiste feliz, o al menos tuviste  algunos momentos felices, y que, ahora, opacado por el tiempo y cómo se desencadenan las situaciones, parece lejano y melancólico. Te sentís fuera de lugar y observás todo como si fueras ajeno, como si lo que pasara no pudiera rozarte. Sentís que lo conocés bien y a la vez no lo conocés nada. Porque pasaron tantos años, tantas cosas, tantos sentimientos. Fueron solo dos lugares en los que me sentí así.
En el primero, la lejanía era un defensa contra esos hechos que no quiero recordar, y al parecer mi mamá tampoco. Un pasado que no fue bueno y podría haber sido mucho mejor; quizás los años más difíciles de mi corta vida. Dejamos de ver a la persona que nos llevaba a ese lugar y por lo tanto dejamos de frecuentarlo. Volver fue raro e impersonal, sobre todo acompañadas de personas que no saben los momentos que pasamos ahí.
En el segundo, la melancolía es el duelo por la relación que podría haber tenido con mi papá. Un "qué hubiese pasado" si en ese abril donde las cosas cambiaron tanto me tragaba el "no vuelvo más a tu casa" y me resignaba, con la cabeza gacha, a intentar ignorar lo que Lorena decía.
Es la misma incomodidad que sentís cuando le hablás a alguien que solía ser tu amigo y que por las circunstancias de la vida ya no lo es. Necesitás llenar el espacio con palabras y seguir para delante ciegamente; porque si parás, sentís. Y duele, duele hasta el punto de desear que las cosas fuesen diferentes.
Lo más triste es que vos y yo sabemos que nada podemos hacer. El pasado no se cambia. Y somos ésto, nosotros, por el pasado que nos marcó.

lunes, 26 de diciembre de 2011

Te extrañé, my dear. Y te necesité, my dear. Estoy sin terapeuta, eso. Se me están acumulando las cosas y tengo que hacer un borrador del lío que tengo en la mente.
Hoy fui a visitar a la abuela, que cada vez está más loca. Me vio el tatuaje y me pidió que le explicara por qué me lo hice y que significaba para mí. Le expliqué con la misma explicación que le doy a todo el mundo que no me conoce lo suficiente para entender. Entonces me soltó la frase: que ella no se haría una tatuaje, dice, ahora que es mayor ni cuando fue joven, porque no me acuerdo quiénes dicen que los tatuajes agujerean el alma. 
Claro, cómo iba a reírme yo de uno de los tantos principios de la religión que mi abuela se creó. Así que opté por reírme en la mente y pensar lo agujereada que debe tener el alma Frank. Reparé, entonces, de la nada, lo poco seria que puedo ser la mayoría del tiempo.
Y mientras ella seguía diciendo que para ser monje no te tenés que tatuar, yo pensaba en la frase de Ana (mi psicóloga) cuando dijo que me había tatuado en un momento que, parecía, tenía el arte a flor de piel. No por nada, dicen.
Tengo en la cabeza ideas sueltas que plantean lo que es el amor. Muchas películas y mucha novela escrita últimamente. Es que lo necesito para uno de los personajes, entender yo que es el amor para mí, para poder explicarlo desde los dos puntos de vista. Difícil, complejo, sólo yo me meto en esas cosas.
Steve Jobs me sigue observando intensamente desde la tapa de su biografía, como diciendo "dale, cuándo me vas a terminar" y en la repisa están los tres tomos que forman la decepcionada mirada de Cortázar que me recrimina que nunca lo terminé; y yo me excuso.  
Mi papá con sus hipocresías y yo convenciéndome de que es el pelotudo dominado que elige ser.
Una familia que te pide que la agregues a Facebook y vos que pretendes salvaguardar tus reflexiones, por lo menos, en Internet. Paradójico que intente resguardar reflexiones en un blog que podría, en caso de que se quisiese, estar al alcance de cualquiera. Pero confío en que no me encuentren, confío en que sean lo suficientemente malos como para no poder encontrarme en Google, ni en Facebook, ni en ningún lado. Y si no me cambiaré el nombre a Bruno, a Bruno algo, a Bruno... debería charlar con Basile el apellido.
No volví a escribir un cuento corto desde María, que tiene sexo. Que es, creo, el primer cuento corto que mi mamá lee, que yo escribí, que tiene sexo. Sexo leve y embellecido por la ambigüedad de una metáfora pobre que alza, orgullosa, su frente. Recién empiezo, se convence. 
"A single man" que me agotó las lágrimas de las próximas cinco noches y Adele que me parte la cabeza con "Someone like you".
Josefina que se me vino a la cabeza de la nada por una puta canción.
Mi mamá que tiene un blog sin entradas y en cualquier momento me hace la contra.
Acá yo, pensando que quizá es momento de decirle un par de cosas a mi viejo.
Allá vos que leíste todo esto y te agradezco.
Quizá vuelva pronto, pero ya dije, no te prometo nada.

sábado, 10 de diciembre de 2011

Something...

Es gracioso como todos los veranos pretendo hacer lo mismo. No quiero dormirme temprano porque estos son los mejores horarios, pero tampoco quiero despertarme tarde porque siento que perdí el día. Me falla el despertador, el reloj biológico y me termina saliendo bien solo la primera parte.
Sigo con ese "orgasmo" post recital y creo que a excepción del tiempo que me tomó ver una película, estuve escuchando Las Pastillas. Hasta me terminaron gustando canciones del nuevo CD. Y escucho y me acuerdo de todo.
Estuve pensando. Lo más lindo de ir a un recital es mirar alrededor y ver que los demás están ahí por lo mismo que vos, que les gusta lo mismo que vos, que lo sienten —a su manera— igual que vos. Gritar y chivar porque lo vale. Romperte los oídos porque la música es el ruido más lindo que vas a escuchar jamás. Saltar porque te lo pide a gritos la adrenalina. Sonreír o llorar de la emoción, no importa. Sentir que no hay mejor cansancio físico que el que tenés. Heridas de guerra, pérdidas en la batalla. No me opaques la noche, dale. Y cuando suena ESA canción, creer que no hay nada más que vos, ahí, saltando por tu vida y cantando porque te gusta.
Te estoy esperando, My Chem.

lunes, 17 de octubre de 2011

Les gusta creer que por fumar un cigarrillo son más grandes; por tomar más alcohol, más fuertes. Se creen que dañando gente son más capos y excluyendo, exclusivos. Creen que pueden hacer lo que quieren cuando quieren, y se sienten rebeldes por el solo echo de poder hacerlo. Se piensan transgresores por malgastar su libertad y cuando les pedís una opinión formada de algo no saben ni lo que piensan. 
Qué equivocados están.
Ser grande en la adolescencia es crecer de golpe, y no es lindo. 
Ser fuerte es saber salir adelante cuando ya estás en el fondo y no hay nada que te saque.
Ser rebelde o transgresor es ir al choque, pero para hacerlo es necesario defender tus ideales, tus opiniones.
Pensar es entender, escuchar, dialogar, creer en algo y analizar todo lo otro, lo demás.
Qué equivocados estamos.

miércoles, 31 de agosto de 2011

Me di cuenta que un sabor o un aroma, una canción o una sonrisa, son un viaje en el tiempo. Un viaje a un momento, a un sentimiento; quizás a varios.

Me di cuenta que el olor de los jazmines son mi abuela, los sahumerios son mi casa, las pastillas de pomelo son el primer viaje que hice sola con mi papá, la sonrisa de Franco son mi infancia, The Black Parade es Bariloche, mis cuadernos son mi historia y mi historia son momentos.

Emocionarse con algo es saber que estás vivo, una sonrisa sincera es un amigo, disfrutar cada momento es vivir lo mejor posible, llorar con una película es ponerse en el lugar de otro, un abrazo es amor.

Ni siquiera sé por qué escribo esto, se me vino a la cabeza de pronto. Estaba pensando en la nena que mataron y en lo que el mundo se está convirtiendo.
¿Por qué no respetamos la vida, por qué no la disfrutamos?
¿Por qué se nos hace tan difícil vivir en paz?
¿Por qué nos cuesta tanto aceptar las diferencias?
¿Por qué siempre lo termina pagando gente inocente?

El cambio empieza por nosotros; si no hacemos nada para mejorar, ¿a dónde vamos a ir a parar? Tendríamos que aceptar, entrar en razón, por una vez tomar conciencia.
Todos.

domingo, 14 de agosto de 2011

Tengo ganas de tirarme en el pasto, cerrar los ojos y fumar un cigarrillo. Escuchar el sonido del viento, olvidarme de todo y de todos. Que Franco me sostenga la cabeza mientras vuelvo a perderme en mis quilombos  y me prometa que va a estar ahí. Le voy a responder que ya lo sé y voy a reparar en el sol acariciándome la cara.
Voy a pensar en las ganas de tener un hermano; de irme lejos, de volver; de gritar; de quererlo; de saber, de entender. Voy a gritar, voy a abrazarlo y le voy a pedir que no nos movamos nunca más. Y, con un poco de suerte, quizás no volvamos a movernos nunca.

lunes, 11 de julio de 2011

Estaba hablando con Franco de mi proyecto de nueva "novela". Accedió animado a que se la leyera, agregando que no veía la hora de que volviese a escribir "como cuando era feliz". Usó esa expresión, que me quedó resonando en la cabeza. Sin embargo la ignoré y le leí los tres cuartos de hoja que había escrito. Se quedó en silencio, quizá pensando o eligiendo qué decir. Entonces, como un balde de agua fría: "vos podés hacer algo mejor". Y hasta entonces yo me había enganchado y sentía que era una de las mejores cosas que había hecho. De pronto me sentí intimidada por ese amigo que leyó Tolstoi, Kafka, Borges, Lorca, Cortázar, Kieffer, Poe y que, incluso sin haberlo leído, me dijo que me iba a llevar bien con Sábato. Con una risa nerviosa, le dije: "no sé si quiero seguir leyéndote mis cosas". A lo que replicó que no fuera boluda. Entonces, desesperada, me largué a llorar. Desesperada por el sentimiento de no hacer bien las cosas, de estar desperdiciando mi vida en cosas que no valen la pena cuando podría perfeccionar otra tantas que sí; desesperada por el hecho de que nada de lo que yo haga sea bueno para él; desesperada por la diferencia de la edad física y mental que tenemos. Se rió mientras decía que no podía creer que llorara por la simple devolución que había hecho, pero terminó poniéndose serio cuando se dio cuenta que lloraba de verdad. Me pidió que me tranquilizara y empezó a cantar Desert Song, pero le pedí que se callara. Y se calló porque vio venir la tormenta. "Que me molesta esto, porque ya no puedo, porque ya no me sirve, porque ya no somos los pibes que se tiraban en el jardín a rodar por el pasto a carcajadas, porque vos estás en otra y yo estoy en ésta, porque no podés hacer nada y tampoco te culpo, porque te amo tanto que me duele, porque me encantaría que muchas cosas no hubiesen pasado, porque cuando me siento mal lo único que quiero es que me abraces pero también te quiero mandar a la mierda, porque soy histérica y no me podés cambiar, porque ya no sirve y porque te amo tanto que estoy asustada, y porque nunca hago bien las cosas para vos, y me odio, carajo, cómo me odio". Se rió, se rió tan fuerte que tuve que alejarme el teléfono de la oreja. "Creo que no quiero verte, otra vez, por un buen tiempo".    Volvió a reírse y como reafirmando algo que flotaba en su cabeza dijo: "todo lo que tenés de inteligente lo tenés de miedosa. Te subestimás, odio que hagas eso y no te creo nada. No te creo, no quiero creerte, porque yo sé que no sos así. Y la puta madre, Ana Laura, sí que me gusta lo que hacés. Sólo intentaba que te esforzaras un poco. ¿No te quejás siempre de que pajeros como estamos no vamos a llegar a ningún lado? Bueno, empezá por aplicarlo en tu vida."
Mañana retomo las clases de piano y empiezo las de francés, las de canto y las de guitarra, mañana. Y ya que estamos, la próxima vez que lo vea le doy un abrazo por todos esos gracias que le debo.

viernes, 1 de julio de 2011

—Qué lindo cantás.
—No me escribas la pared...
—Sólo quiero estar entre tu piel. 
—Y si acaso no brillara el sol y quedara yo atrapado aquí...
—No vería la razón en seguir viviendo sin tu amor.
—Ya lo sabía.
—La cagaste.
—Estaba pensando...
—No.
—Si no te dije nada.
—Ya sé por dónde va la cosa y no. ¿Está mejor tu hermana? 
—Por suerte sí. Necesito que hablemos.
—No, ahora no.
—Por favor.
—No quiero hablar, ¿vos querés pelear de nuevo? Porque te recuerdo que sos mi mejor amigo y parecemos perro y gato. 
—¿Pero entendés cómo es lo que no te digo?
—Siempre entiendo lo que no decís.
—Te hablo en serio.
—Sí. 
—Pero...
—Nos hace mal, por eso.
—Te amo.
—Yo también.
—No queda más que viento.
—No queda más que viento. 
....
—Fran...
—¿Qué?
—¿Qué hacemos con las palabras que no decimos?
—Las acumulamos.
—Eso cree Gerard, ¿pero qué cree Frank? 
—¿Frank sos vos?
—Algo así.
—Frank cree que las palabras que no dice no las dice para protegerse, porque tiene miedo. Porque Frank es miedoso, siempre fue miedoso. Pero no le da importancia, no se detiene a pensar qué hace después con eso, aunque sabe que el tiempo no cura las heridas. Él hace las cosas porque están bien y porque tienen que ser así.
—¿Y Gerard?
—¿Y Gerard qué? Me parece que lo conocés lo suficiente como para entender su punto de vista en esto.
—Sos rápido.
—¿Qué?
—Que pensás rápido, eso.
—Me pediste ayuda y te ayudé, nada más. Es sólo la construcción de dos personajes...

¿A dónde van las palabras que no decimos?

martes, 10 de mayo de 2011

Ésta se la prometí a Marina.

Cuando me doy cuenta que tengo fallas boludas que no son dignas de mí, me saco conmigo misma. Ahora más en frío pero todavía medio tibiecita, puedo decir que aprendí que no me tengo que meter en las cosas que no me     conciernen. Porque en realidad le concernían a otras personas, que claramente no se encargaron. Pero bueno, supongamos que yo no tenía que responsabilizarme de algo que, sobre los hombros de quienes sí deberían haberlo hecho no pesó. So, ese fue mi único error. Después estoy totalmente tranquila con lo que hice y cómo lo hice, porque lo hice bien.
Bien, pero vamos a otro punto ahora. Cuando uno asume el rol de líder, de delegado, se hace cargo de todas las acciones del grupo, ya sean buenas o malas, acertadas o desacertadas, uno tiene que responder por ellas. Las internas se arreglan en el grupo y con el grupo, sobretodo cuando fue algo totalmente bienintencionado. Por supuesto, esto teniendo en cuenta que vos, como delegado, líder, representante (o el sinónimo que más te guste), no compartas el accionar de uno/unos de los integrantes del grupo representado. Lo más triste es vender la dignidad, por suerte yo todavía la tengo intacta. Decir que "se cortaron solas, nos ocultaron información" incluso cuando se estuvo de acuerdo y/o se alentó la determinación es falso, pobre, vendido.... Y todo por una nota. Porque venir a acusarnos de que lo hacíamos para zafar de una fucking prueba cuando yo tenía no sólo el apunte sino las actividades para estudiar (si así lo quisiese), es estúpido. "Onda, amiga, así me sacara un uno, el promedio me sigue dando, amor" y ahí es cuando le guiñás el ojo y con tu mejor cara de superioridad, le preguntás cuánto les da el promedio a ellas. Eso me dijo  Franco, pero no voy a hacerlo porque, principalmente, no me parece. Por otro lado tengo a Ray, la voz en la cabeza que me dice "peace and love, calmate, Tai Chi, no sé, pero pensá en algo y enfriate los cachetes". Es que cuando me enojo se me ponen los cachetes calientes. Entonces pienso que ya está, yo no voy a responder por nada ni nadie que no me concierna. A partir de ahora hablo por mí, respondo por mí, por mis notas, por mis pruebas, por mis opiniones y por mis determinaciones. Y pienso qué pobres, también, porque vendieron su lealtad, su dignidad, su vergüenza por chuparle las medias a una profesora. ¿Para qué? Para que les suba la nota en la prueba que a mí me fue bien, simple indicador para darse cuenta que no fui a llorar para que pasaran una prueba porque yo lo necesitaba.
No me encargo de nada más, no respondo por otra persona que no sea yo. Listo. Tengo delegadas a las que remitirme y pobres, porque ahora las voy a tener que molestar por cualquier cosita exigiendo, por supuesto, una respuesta en tiempo y forma que me merezco como representada e integrante de Cuarto Artes Visuales.
Con la dignidad intacta y el culo cerrado de algunas personas, me retiro a dormir.

jueves, 28 de abril de 2011

Lo llamé, y en realidad no quería; pero necesitaba escucharle un rato la voz. Esa paz y esa ternura que tiene cuando me habla, me tranquiliza. Las cosas están bien, yo sabía. Hablamos de los recuerdos, de nuestros recuerdos. En realidad, el punto es que yo no quería llegar a ese límite donde mi amigo se convierte en él, porque es exactamente donde pierdo el control y se me embarra el terreno. A mí, porque él sigue como si nada. Le dije que lo amo, pero esta vez era verdad. En realidad siempre fue verdad, pero esta vez era diferente. Creo que lo entendió. Creo, porque con Franco nunca te quedan las cosas claras.
Entonces decidí contarle que en catequesis el otro día hablamos del perdón. A lo que replicó, sabiéndose de memoria mi ateísmo: "Catequesis" . Le dije que me dejara terminar y, resumiendo un poco, le conté que en el papelito había pedido perdón por ciertas cosas que involucraban. Y dijo: "Ajá", entendiendo que esas cosas no quería mojarlas en el tintero otra vez. Con su típico psicoanálisis me preguntó si me había hecho bien a lo que le respondí que no sabía, que en realidad buscaba que él me perdonara. "Ya te perdoné hace tiempo". 
Entonces lo entendí: no busco su perdón, lo que busco es el mío propio. Porque aunque sé que las cosas no van a ser las de antes, sé que está ahí cuando lo necesite. Siempre, en la hora y la situación que yo quiera. Pero a veces no termino de entenderme y es ahí cuando deposito las cosas en donde no debo, y siempre termina siendo él.
Para sacarme una sonrisa me preguntó si no extrañaba las tardes en su casa, tirados en el pasto, buscándole formas a las nubes como dos boludos y jugando con su hermana. "Pero lo que más extraño son tus asquerosas chocolatadas". Entonces me reí.
Cuando conocés a la persona que creés amar, nada vuelve a ser lo suficientemente bueno. Es drástico y pendejo hablar así, ¿pero no es escribir lo que siento el objetivo con el que empecé este blog?  Das vueltas y vueltas buscando aquello que añorás inconscientemente y que no vas a encontrar en otro lugar que no sea donde estaba originalmente. E hice mil cosas para no necesitar eso, intenté de mil y una formas; pero hay cosas de las que, lamentablemente, somos esclavos. De nuestras decisiones, por ejemplo, pero de las de los otros también. En ese punto se vio obligado a pedirme perdón y aunque en realidad pensaba otra cosa, le dije que hay cosas por las que no se piden perdón y ella era una de esas. Le agradecí por la sonrisa sincera que me había sacado, esa que necesito para existir, esa que sólo él, y no me amigo, me saca.
"No, no estoy enamorada" me repito.

lunes, 18 de abril de 2011

La ventana del techo

Mamá me pidió que cerrara la ventana de arriba, la que está en el techo, antes de irme a dormir. Subí las escaleras con mi compu, el cargador, el iPod y dos pares de auriculares. Tiré todo sobre mi cama excepto el iPod con el que estaba escuchando Good Charlotte, me saqué la zapatillas y fui al otro entrepiso para hacer lo que me había pedido. Tenía que cerrar la ventana y la cortina, pero sólo llegué a hacer lo primero. Entonces, me quedé mirando para arriba. Es una noche hermosa, no hay una nube y la luna se ve perfecta (al menos desde la ventana de mi techo. Y miré una estrella, no era de las más grandes, pero me llamó la atención porque titilaba. Me quedé mirando, mirando, y pensé en Richie. Nada que ver con nada, pero a mí se me dio por pensar en él. Me pregunté qué hubiese sido tan grave, lo sentí como si en realidad la relación hubiese trascendido esa de alumno-profesor. Y en realidad no lo hizo, pero creo que esta es la primera vez que la muerte me pasa "cerca" y todavía estoy shockeada. Es la muerte, es el fin, se acabó. Entonces, entendí ese finito que tanto se lee en los libros. Se me llenaron los ojos de lágrimas y mirando las estrellas mientras sonaba Mi caramelo de la Bersuit, me mordí los labios para no hacer ruido y que mi vieja me escuchase llorar. Pensé en mi papá, que a pesar de la relación que tenemos necesitaba darle un abrazo y decirle que lo quiero; en mis abuelos, que seguramente son a los que menos tiempo les queda; en mi tío, en mis primos, en mí. Pero lo que más me ocupó la cabeza fue lo que me dijo mamá el otro día, eso de que planeaba irse a vivir al sur en unos 6 o 7 años. Yo me hice la fuerte, como una tarada, y le dije que me parecía bien. Me dijo que le dolía dejarme acá y yo le dije que no sea maricona, que podía ir a visitarla siempre que quisiese. Y me pregunté qué sería de mí sin ella. Porque nos hacemos las independientes, las dos, y bien sabemos el vacío que vamos a tener cuando no nos tengamos la una a la otra para escucharnos sobre cualquier cosa. Estábamos esperando el colectivo, entonces, cuando la abracé. Me parece bien, me parece perfecto; no quiero ni puedo retenerla acá. Es egoísta, es infantil, es en contra de todo lo que siempre habíamos hablado. Ella no se va a convertir en esas madres que dicen "yo lo di todo por vos" y yo no me voy a convertir en la hija dependiente de mamá. Igual sigue siendo raro, y no por eso me va a doler menos. Además, falta tiempo.
Pero no terminé ahí, seguí pensando. Mientras me ponía el pijama y seguía llorando, pensé en que me cansé de ocultar ciertas cosas. Ya no doy más y ya no quiero más, además en algún momento lo iba a tener que decir. No es fácil, quizá por eso no lo hablé antes con personas que lo debería haber hablado. Con Basile, por ejemplo. Esto quizá me cueste amigos, quizá no; pero si me cuesta algún amigo, voy a saber que en realidad esa persona no valía la pena. Mi mamá está enamorada, está enamorada y es muy feliz. Y aunque yo sienta que esta aclaración está demás, porque este tipo de aclaraciones no deberían suceder en una sociedad igualitaria, mi mamá está enamorada y en pareja con una mujer. Mi mamá no es una enferma, no es una loca, no es una desviada, no lo hace para llamar la atención, tampoco. Ella se enamoró de una persona, ¿y qué carajo importa si es hombre o mujer? ¿Tiene menos derecho por eso? No.
Quizá se pregunten por qué no lo conté antes, o por qué no se lo dije a gente con la que sí tenía la confianza como para contarlo: yo no me avergüenzo de la condición sexual de mi mamá, al contrario, estoy muy orgullosa de ella y de que parejas como la suya hoy se puedan casar en mi país; no lo conté por miedo a la reacción de los demás, porque había determinada gente que no quería perder. Ahora, la verdad, ya no me importa. Si me van a dejar de lado como si tuviese una enfermedad por algo que además es ajeno a mi persona, la verdad, se pueden ir bien al carajo y lo digo con cariño :)
Estoy dispuesta a hablar con cualquier persona del tema, parece que de pronto se fueron todos mis miedos al carajo. Quizá es porque en cualquier momento voy a tener un hermano y no quiero que crezca escuchándome decir que Pato es la amiga de mi mamá porque la verdad, no lo es. Quizá sea porque yo lo necesitaba, no sé.
Creo que muchísimo más calmada que antes, con el llanto controlado y Desert Song sonando, me voy a dormir.

Richie, ojalá estés bien ahora.

miércoles, 6 de abril de 2011

La solución

Ya sé lo que necesito: un auto y la plata suficiente como para irme una semana de viaje. Listo, esa sería la solución. ¿Qué importa si llego a algún lugar? Sola con mi cámara y un cuaderno, conociendo lugares de norte o del sur, escribiendo con el ruido del viento como única compañía y sacando fotos a paisajes que quizá en otro momento u otro estado no apreciaría. ¿Una canción de fondo? S/C/A/R/E/C/R/O/W. Por poco puedo proyectarme... 

¿Querés venir conmigo? Ya casi no aguanto la soledad. Quedate en silencio, no importa.

lunes, 21 de marzo de 2011

Equis y doble Equis

Sólo una persona de las que lee o pueda llegar a leer este blog va a entender a qué foto me refiero, pero más allá de eso creo que cualquiera puede llegar a entender el punto en el que quiero "hacer foco". Esa persona es mi mejor amiga, que me pregunto si había visto la foto de X. Como no la había visto, entré a su FB y la veo, porque la mina la había puesto de perfil. ¿Quién aparecía? X besando a XX, que es de su mismo sexo.
Wait, no fue eso lo que me movilizó a escribir esto. Para mí ver a dos personas besándose (sean del sexo que sean, porque dije personas) es completamente normal.
JÁ, ¿cómo no va a parecerme normal? 
Dejando de lado un poco mi ironía, que sólo algunos van a entender, vamos al punto que me convoca. No sé si este sea el caso de X, pero es algo con lo que me encontré varias veces. Los adolescentes ahora, y más que nada las mujeres, adoptaron como moda la homosexualidad o la bisexualidad. Supongo que para sentirse "transgresores", "rebeldes", o simplemente porque calienta a las personas del sexo que en realidad les gustan. Bueno, y acá estoy yo, que pienso que con esas cosas no se jode. Que hubo y hay gente que tiene muchos problemas para mostrarse como en realidad es, que pasó por muchas cosas para poder decir lo que sentía, que soportó que le dijeran marica, torta, puto, tortillera y todos sus derivados. Y joder con un tema así por pelotudos, porque les faltan muchísimas neuronas, no sólo me parece una falta de respeto sino que también lo encuentro infantil, pobre, penoso... De todos modos, pobre X. La nombré y es problema suyó lo que hace, pero a mí me detonó su foto para escribir esta entrada. Les aclaro, a la que X besa no es su novia, es su amiga. Qué sé yo, a mí me parece que lo hizo sólo porque disfruta de que le llenen de comentarios asombrados preguntándole qué onda o diciéndole torta cuando no lo es y se siente "desobediente" contestándoles: "che loco tan raro es ver a dos amigas dandonse un piquito?". Y acá quedo yo, que no hice ningún comentario, que no pienso "qué torta" y que la foto no me asquea; que es más, si fuera su novia la otra chica la aplaudiría de pie por decirlo y mostrarlo naturalmente; pero que considero que lo único que busca es llamar la atención. Si tan normal es sacarse fotos besando a su amiga, porque la pone de perfil, ¿no?  
Después están los homofóbicos de siempre con sus joditas de "EH, PASTELERA" pero a esos ya les dediqué una entrada y sólo me queda decirles que ojalá los discriminen a ellos que no son ni hombres ni mujeres, porque hombre o mujer no se es en la cama.
¿Tengo que aclarar que odio la homofobia? No.
No quiero pensar en los tan ignorantes "torta" que me voy a ganar por hacer esto. 
¿Saben algo? Si algún día me llega a gustar una mujer, lo voy a decir  y con orgullo.
Un regalito por si hay algún homofóbico por ahí.

TENÍA PENSADO ESCRIBIR OTRA COSA Y ME SALIÓ ESTA MIERDA, PERDÓN.