viernes, 10 de febrero de 2012

Un día vos y yo vamos a tener un altillo. De esos cálidos, de madera, como el que soñábamos de chicas. Vamos a ser hermanas. El calor de un submarino nos va a quemar la yema de los dedos y me vas a sonreír, como sonreíste siempre. El sol va a colarse por la ventana tan cálido como sigiloso porque tiene miedo de arruinar las cosas. Y nosotras vamos a sonreír, como sonreímos siempre. 
Dos colchones tirados en el piso, deshechos. Un altillo para esconderse, para escaparse del mundo; un altillo para ser feliz. Donde no llegue el ruido de la calle, donde nada nos perturbe. No tenemos que avergonzarnos de los juegos ni de los disfraces. Tus lentes redondos van a caerse al final del puente de tu nariz y vas a dejarlos allí porque da igual si ves o no. El sol te dora la piel y todos somos inmortales. 
Un filtro cálido nos tiñe la foto, una bicicleta antigua en un rincón. ¿Son los Beatles esos que suenan de fondo? Olor a pan caliente y a tu pelo, a tu pelo con olor a manzanilla, a tu piel que no corrompió el tabaco. La inocencia y el color de los ojos, que no vieron nada. Tus manos pequeñas y aun delicadas, una guitarra que no sabemos tocar. 
La voz quebrada y el altillo se desvanece.

Salió de la nada y desde el primer momento pretendió ser algo dulce.
Ese tipo de cosas que simplemente no podés reprimir. Probablemente debería releerlo para corregirlo.
Suficiente por hoy.

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