martes, 15 de febrero de 2011

Suena el "ti" tres veces en el oído derecho; en el izquierdo, "Duda" de Las pastillas del abuelo. Cuando pensé que ya no iba a atender y lo mal que hice en llamarlo, escuché su voz ronca y adormilada.
—¿Mmmm? Hola
—Te desperté.
—Naturalmente, son las tres y pico...
—Esos adverbios, Franco, dios mío—risas por parte de ambos—. ¿Cómo estás?
—No llores.
—¿Cómo estás?
—¿Eu, por qué estás así?
—¿Así cómo? Estoy perfecta.
—¿En serio? ¿Por eso me llamás a esta hora de un... técnicamente miércoles, cuando se supone que discutimos y no ibas a volver a hablarme?
—Sí.
—Te tiembla la voz y estás moqueando, basta.
—Basta vos, no te metas en mi vida.
—No me llames.
—Te necesito.
—Largalo.
—Nada, un par de cosas sin interés.
—Si vos decís...
—Quería decirte algo.
—Decime, pequeña.
—No me digas así.
—¿Por qué no?
—Porque así me decías cuando éram...
—Te sigo.
—Vi las fotos—carcajada, bufido frustrado—. No te rías, pelotudo.
—¡Estás celosa!
—No te importa.
—Voy a hablar de eso con vos.
—Sí, y yo con Ana.
—Para eso le pagás.
—Entre otras cosas.
—Para hablar de mí.
—¿Fran?
—¿Qué?
—¿Vos pensás que mi excesivo uso de la computadora...?
—No.
—Ni siquiera sabés lo que iba a decir.
—¿Marina?
—Marina.
—Entonces no, ya te lo dije eso. Es normal, yo a tu edad... ¿te acordás de mí y de Nacho?
—"A tu edad", ni que fueses tan viejo.
—Me gusta hacerme el viejito con vos. ¿Te acordás cuando eras chiquita y te quedabas con mi hermana? Yo solía insistirte para que vinieras a jugar a los autos conmigo.
—Y siempre terminábamos con los tazos de Pokémon.
—Eras la mejor boludita de todas.
—Vivíamos peleando, era divertidísimo. Quisiera volver a tener esa edad.
—¿Para qué? ¿Para volver a jugar a los tazos y discutir conmigo?
—No, para volver a despreocuparme de muchas cosas, para pasar esos hermosos fines de semana que pasábamos allá con mi viejo y los tuyos, para revivir esos "año nuevo" en los que me decías cagona por no querer usar las estrellitas. Qué sé yo, incluso nuestra amistad sería diferente si retrocediéramos un poco.
—Está bien que sea diferente, las personas cambian.
—Pero vos y yo no, mi amor. Me lo prometiste, ¿te acordás? Ese día que la casita de madera, cuando nos saltaron todos esos sapos encima.
—Me acuerdo de tu cara de terror y de tu viejo y mi vieja con la escoba intentando espantarlos.
—Sí, yo también. Pero ahí me dijiste que siempre íbamos a ser amigos, que nada iba a cambiar. Tengo un papel firmado por vos que lo promete.
—Euuuuuuuuu, no llores otra vez.
—Pero es que...
—Nada, boluda, yo te quiero tanto e igual que siempre.
—Eso está mal dicho.
—Ya sé.
—No, no sabías.
—Sh, callate.
—Bueno.
—¿Puedo seguir durmiendo?
—Por supuesto.
—Te amo.
—¿Puedo llamarte en dos horas?
—Si me necesitás... ¿Cuánto te cobra Ana? Voy a empezar a cobrarte la mitad...
—Callate, pene. Mi papá no va a pagarte un centavo, no te puede ver desde...
—Si supiera.
—Si supiera.
—¿Vas a domir?
—Yo no duermo.
—Cierto. Deberías empezar a empastillarte, un Rivotril no te haría nada mal.
—No, pero esa no es la solución. Volvamos a cuando éramos chiquitos, no puedo creer que hayamos perdido eso.
—Chau, delirante.
—Gracias por atender.
—Quiero dormir.
—Me encanta como me querés.
—Te amo, te lo digo siempre.
—A ella también, ¿no?
—Sí, pero no igual que a vos.
Listo, con eso soy feliz. Dormí porque te llamo en dos horas. Adiós.
—Chau, gorda.




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