jueves, 23 de junio de 2016

Dejé de escribir porque dejé de amar. Sí, hubiese sido un hermoso disparador para mis sesiones de terapia. Es verdad; después de esos últimos textos catárticos no hubo más que palabras inconclusas, laberintos que no me llevaban a ningún lugar. Ni siquiera pude explotar la angustia que se había vuelto tan física: el vacío, el llanto en el colectivo, la música depresiva (que no era consecuencia sino condición). 
Ayer me dijeron que soy novelesca, que no todo se trata de amar y que busco continuamente poner el sentimiento en el medio. Me dejaron pensando. Nadie me pidió que dejase de sentir cuando escribía; hoy no dudo que es eso lo que divide a quienes dicen de quienes no: qué difícil es encontrarle lenguaje al sentimiento. A veces pareciera que entre el "te quiero coger" y el "te amo" no hay ningún matiz; tendemos a simplificar lo que nos pasa en una expresión —una sola—  y por eso, a veces, el "me pasa esto" nos cuesta tanto. Porque de alguna forma nos convencieron de que el amor se construye para todos de la misma manera, con los mismos tiempos, con la misma intensidad. Te quiero contar que no. El amor es, justamente, una construcción y como todo hecho que intenta explicarse a través del lenguaje, lo materializamos de manera individual. 
No quiero escribir por mí, no quiero hacerle justicia a lo que siento; quiero pedirte a vos, que alguna vez te identificaste, que produzcas con lo que te pasa. Una canción, una foto, un video, un texto, una charla; no importa. Hacé. Morite de miedo si hace falta, pero entendé que nadie más que vos puede hacer algo por lo que a vos te pasa. Entregate al riesgo de que el otro sepa, la caída es hermosa incluso si te hacés mierda contra el piso. Creeme, yo sé lo que te digo. 

B.


jueves, 18 de febrero de 2016

A Lucía la conocí en plena crisis de mi novia, un día frío de otoño, de esos en los que a uno le gustaría pedir a gritos un abrazo, alguien con quien dormir—sólo dormir—.
Podría haberla invitado a tomar un café, quizás más acorde al clima, sin embargo nos sacamos las bufandas para tomar una cerveza helada al resguardo de la calefacción de algún bar poco memorable. Lucía estudiaba periodismo e intentaba explicarme cómo terminó allí luego de pasar por Letras y darse cuenta que no era aquel necesariamente el lugar en el mundo de aquellos que aman escribir. Por varios meses mi lugar en el mundo fue su espalda; desnuda, cálida y llena de lunares, Lucía dormía boca abajo y yo con la cabeza en sus pulmones. Sólo algunas veces aquel espacio lo ocupaba Celeste, tan lejana ya, que nos resultábamos ajenos. 
Ella era al antítesis de la mujer con la que había compartido los últimos 2 años. Idealista como pocas, sostenía que el amor, tarde o temprano, acababa devorándose a uno de los dos y que era aquello, sin dudas, lo que me había pasado con Celeste. Sin embargo cuando con una sonrisa burlona le preguntaba quién creía que se había devorado a quién, Lucía alzaba los hombros y hablaba de otra cosa. El amor, según ella, era un momento en el que uno quería quedarse para siempre y era, también, una relación de poder. Para mí, era simplemente escribir en su piel, marcar la carne que ya ha sido marcada, hacer temblar las piernas que ya han temblado en otras circunstancias, acariciar la caricia que tantos otros (¿cuántos?) depositaron antes sobre su cuerpo, y ser el recuerdo que perdure, inmortalizarme en su memoria sensorial, ser el beso que recuerde en otro beso, en todos los otros besos que ya no me pertenezcan cuando las cosas se acaben. Dijo Lucía, entonces, que ella tenía razón, que era poseerla lo que me atraía de todo eso, que fuese una extensión más de mí, acaso a mi imagen y semejanza, conocer sus sensaciones hasta monopolizarlas y moldearlas sin ninguna piedad como creyese más conveniente. 
Sonrió y se levantó de la cama para buscar un papel y un lápiz. Jugamos a escribir en una lista qué era aquello que nos deslumbraba del otro. La mía hablaba más de mí, que de una observación consciente de lo que ella era. Esa fue la última noche que nos vimos. Al final de la lista escribió que no sabía ser de alguien. Quizás era ese el gesto suyo que más me atraía; que fue, también, el que se la llevó.


domingo, 26 de julio de 2015

(Des)enredar

Se sienta en la cama, respira profundo. Se saca el suéter, y en el silencio de su habitación, escucha el tic-tac de su reloj de muñeca. En el ambiente hay olor a coco y vainilla, todo está absolutamente ordenado, como hacía meses no estaba. Con el caos, se fue también la mugre y algunas otras cosas, voluntades probablemente. Sabe, porque lo ha hablado varias veces en terapia, que la habitación es un reflejo de lo que le pasa en la cabeza; y que para ordenarse, por más complicado que parezca, basta con adoptar algunos hábitos que vuelvan las cosas más sencillas; como anoche cuando volvió cansada y luego de ponerse el pijama, guardó una a una las prendas que había usado junto con los zapatos.

Los últimos días se le hicieron muy pesados. Como si acaso tuviese una brújula para aparecer en el medio de la tormenta, el lunes su casilla de mail amaneció con un mensaje de un viejo conocido. El asunto, una canción de Metronomy. El contenido, lo suficientemente preciso para hacerla llorar. El resto de la semana, The Upsetter sonando aunque sea una vez en su viaje de vuelta en el subte. Extrañando, el impulso de deshacer toda la fuerza que tuvo en Marzo, cuando estaba acá, cuando el abrazo y el beso eran reales, cuando el "no" se hacía carne y no había escritos de por medio. Ese fue el primer indicio, hay algo enfermizo respecto de ellos. Borró el mail. Cuántas veces Franco se adjudicó la calma de su tristeza? Borró cualquier medio de contacto que lo involucrara, esperando que fuese suficiente para terminar algo a lo que le sobraron cinco años.
Pero es domingo. Como toda la semana, The Upsetter sigue sonando. Vibra el celular y sonríe, alguien está haciendo bien las cosas. Mientras sube el volumen de la música, cruza los dedos para que la paz mental sea tan sencilla como la de su habitación. Cruza los dedos para que esta vez todo salga bien. Inspira profundo, vielve a llenarse de coco y vainilla.
Agarra el celular que vibró otras tres veces y le sonríe a una pantalla por alguien que se acuerda de ella un sábado a la noche, pero también un domingo a la tarde. Cambia la música por algo más feliz y se promete que ya no.




Que por tantos meses todos fueron borradores.
B.

jueves, 23 de abril de 2015

El lado b

Nunca pensé que la angustia pudiese ser física, fue lo único que dije. Por unos minutos me quedé en silencio, mirándola, mientras sentía cómo los ojos se me llenaban de lágrimas otra vez. Últimamente lloro con retraso: los ojos se me llenan de agua y se quedan así un buen rato, nublándome la vista, hasta que varios minutos después caen las lágrimas, pocas, siempre primero del ojo derecho y después del otro. Es como un rito. Me da mucha vergüenza llorar adelante de otras personas, por eso también me tapo la cara, me limpio rápido las lágrimas, busco la mejor manera de disimular los ojos acuosos. Cuando volví a hablar, dije que era absolutamente cliché lo que iba a decir, pero que sentía un vacío; un vacío horrible, que de pronto me faltaba algo; que no tenía sentido porque yo había quedado contenta con el resultado de la charla y que, sin embargo, cuando me dejó en mi casa me largué a llorar desconsoladamente. Ella me dejó hablar, me permitió recrear la conversación con un lujo de detalle casi enfermizo, se sorprendió de mí y de él, de la charla adulta que habíamos tenido. Sólo entonces, una vez que no hubo nada más para decir, que por fin pude quedarme en silencio, me preguntó si en serio creía que ese vacío era angustia. Recapitulamos. No, no era angustia. Era el vacío que uno siente cuando deja ir, cuando suelta algo que lo carga, cuando—como me dijo Juan el lunes—perdés una mochila que cargaste por mucho tiempo. Ese espacio sin nada que por momentos me hacía llorar era la pérdida, pero una pérdida en el buen sentido, un aprender a soltar.
Desvié la vista hacia la biblioteca llena de libros de psicoanálisis que tiene al lado de su sillón blanco. "Mi mamá quiere convencerme de que nos dejemos de ver, por mí, dice. No puedo. ¿Sabés lo que me pasa? El amor es una mierda porque es egoísta. Creo que se lo dije, o lo escribí, no sé. Tampoco estoy segura de que haya entendido lo que quise decir. Me angustio porque a veces siento que siempre está adelante mío en el orden de mis propias prioridades; pero eso me hace bien a mí, no se trata de que él sea más feliz o esté contento, se trata de que yo esté en paz, de hacer algo que indirectamente me haga bien. No sé, es contradictorio, pero en mi cabeza tiene mucho sentido. No puedo dejar de verlo porque me de todo lo mal que la paso valoro lo bueno y es ahí donde gana. Donde yo gano, donde yo estoy bien." Ana se quedó en silencio. Me miró, sonrió, y después de unos segundos dijo: "Es muy linda la descripción del amor que acabás de hacer, sobre todo porque hay dos personas. Porque no intentás desdibujar un otro, forzar ese uno que tanto buscan las personas a veces. Ahí es cuando aparecen los problemas, el si no sos vos no es nadie." En un momento citó a Peirce. La entendí solamente porque había tenido que leer ese texto para Semiología. El amor como terceridad, como algo más allá de esos dos sujetos que se ponen en relación, como algo sano. Para mí, hasta entonces, la única representación de esa imagen era Hitchcock. Ahora tenía una mucho más personal y propia. Y era, sin embargo, lo mismo que había dicho él hablando de su propia experiencia "el problema es cuando lo querés para vos". Ese era el "si no sos vos no es nadie" del que hablaba mi psicóloga. 
Volví a cerrar los ojos, un poco orgullosa de nosotros. En dos charlas sentí que habíamos crecido un montón.


B.

jueves, 9 de abril de 2015

Cuando un nombre propio se vuelve sinónimo de una mala palabra.

¿En qué momento las risas se vuelven comentarios irónicos?
¿Qué tan rápido disfrazamos el dolor?
¿Cuánto tiempo nos lleva odiar a una persona que queríamos?
¿Odiamos?
¿Es esa la expresión?
¿Por qué será que duele más cuando nos desilusiona alguien que valorábamos?
¿Será el factor sorpresa?
¿Será la consumación de la equivocación propia, aquella en la que quisimos a alguien que ya no vale la pena?
¿En qué momento deja de doler?
¿Cómo algo se vuelve irrecuperable?
¿Cuánto han de quebrarse las cosas para no poder juntarlas? 
¿Qué papel juega el silencio?
¿El tiempo tiene algún protagonismo?
¿Por qué nos da satisfacción saber antes que nadie que nos mintieron?
¿Por qué las razones del otro pueden volverse inútiles?
¿Por qué escuchamos sin comprender?
¿En qué momento el dolor es bronca, y la bronca ironía?
¿Cuánto falta para que la ironía de transforme y dé lugar a la calma de la indiferencia?
¿Por qué hiere tanto más el daño de alguien que queríamos?
¿Por qué la tristeza tiñe todo de gris?
¿Por qué no se puede sufrir en voz alta?
¿En qué momento se disuelven los recuerdos felices?
¿Cómo se desconoce a una persona que conocíamos?
Y lo más importante,
¿por qué en algún momento esperamos otra actitud de su parte?



¿por qué no nos sorprende?
B.


200 entradas (textos) de mierda, para el bolsillo del caballero
y la cartera de la dama.

miércoles, 18 de febrero de 2015

Silencio

Volvíamos. De fondo sonaba alguna canción que tenemos en común; no canté, sin embargo. Me quedé pensando, mirando de reojo su mano derecha ir y venir de la palanca de cambios a su pierna. A veces, cuando dice algo en lo que quiere que le preste atención, o hay otras personas y me habla a mí en particular, posa su mano derecha sobre mi pierna. Entonces, el levantar la mirada, el escucharlo hablar, el ojalá fuese un mimo más que una mera cuestión de énfasis. Sin embargo estábamos en silencio. En algún lugar del horizonte el sol ya habría salido; no podíamos verlo todavía pero el cielo no tenía el mismo tono que hacía seis horas, cuando había arrancado nuestra noche. Así que ahí estábamos, en silencio, cada uno con sus pensamientos. Irónicamente, quizás; como si no hubiese nada para decir. Lo miré, tenía los ojos clavados en la calle. Quise cantar, no quería seguir dándole vueltas a lo mismo. A veces pienso que ideas tendrá de mí, como si de alguna forma pudiese saberlas. El silencio, acaso, como el trasmisor de todo aquello que se calla. Voy a caer en un lugar común: cuando el tiempo para y la ausencia de palabras no se torna tediosa, las cosas están bien; todo está en calma, así sea ésta muy momentánea. Respetar un silencio es respetar tiempos, propios y ajenos. Sostenerlo, creo, también es ser auténticos, bancarse el "esto soy", podés quererme así o dejarme. A todas las personas que quiero, creo haberlas querido por primera vez en un silencio cómodo, que fue interrumpido cuando finalmente algo que decir, algo en serio, no el relleno vacío, cargado de un apariencia ciertamente irreal. Disfruto del silencio desnudo casi tanto como de una conversación sincera. 
Como si tuviera un botón, apagué la cabeza. Canté un verso. Aceleró. Recién entonces volví a hablar, hice una pregunta. El sol ya había salido, podíamos verlo. Respondió algo que no quería escuchar. Por primera vez no quise decirle nada más. Tenía miedo.


Los ojos.
Hay que mirarse más a los ojos.
Recortes.
De otro montón de cosas que pasan mientras tanto.
Siempre.

Bruna.




lunes, 12 de enero de 2015

Quise decirle
antes que cambiara la música
que tenga cuidado con lo que elige
porque a partir de ahora,
lo que elija,
quedará para siempre asociado a este momento,
al recuerdo de sus piernas desnudas
yendo al equipo de música,
a su forma de cerrar los ojos 
y morderse los labios 
cada que disfruta una canción porque resulta que
la música,
como el amor,
también se disfruta con el cuerpo.
Como si nada vuelve al sillón
enreda las piernas, toma un poco de vino.
Entonces la canción de Miles Davis
me recordará siempre a 
su dedo índice enredándose en mi pelo
el olor de su piel en verano
la uñas pintadas de amarillo
y una doto en la que mira al horizonte de perfil.
Quise decirle
mientras reía con mis amigos al amanecer
que me enamora que sea tan versátil.
Quise decirle 
que hay en mi memoria
un conjunto de planos detalle suyos
que me inundan las canciones
que utilizo para traerla
cuando no está.
Y cuando no está, de alguna manera,
también es lindo
para acordarme
por qué me hace falta
que son las mismas razones 
por las cuales la quiero.
Quise decirle, pero me quedé callado.
Quise decirle,
te quiero
pero cuando lo intenté,
a oscuras,
ya se había ido.


Cuánto más fácil es decir
sin decir nada.
Bruna.

domingo, 4 de enero de 2015

Lo miré a los ojos mientras hablaba. Por unos segundos largos fui solamente consciente de eso, de que lo miraba. Entonces, cuando por azar los ojos se encontraban y asomaba esa sonrisa que aparece siempre que escucho a alguien que siento que tiene algo que enseñarme, esas personas que disfruto escuchar realmente, sostenía la mirada los segundos suficientes para que no resultara molesto. 
En mi cabeza una cosa desata otras mil, siempre. Quizás por eso queden tantas cosas pendientes. Terminé pensando, entonces, por qué dejamos que el miedo nos gane; por qué siempre la posibilidad de perder algo es mucho más fuerte que la posibilidad de ganarlo; por qué no hay punto medio ni alivio alguno en la idea de hablar y ser y ser(se) sincero. Entonces pensé en mí, que siempre me consideré una persona fuerte y sincera; como de pronto no sólo me asusto sino que me vuelvo frágil y el terror que no—que me—da que una persona tengas ese poder sobre nosotros—sobre mí—. Y me encontré así, en silencio, buscando excusas para justificar el hecho de no hacer algo por eso que me pasa y que a veces tiñe un montón de otras cosas. Me ahogo en un vaso de agua, me pierdo en la idea de que algo no sea lo que debe ser. Yo que siempre me creí tan flexible; ahí estoy, haciendo balances para correr un riesgo, para avistar de alguna forma tierra firme del otro lado, donde pueda apoyar los pies un rato mientras diga "...". Lo lindo del riesgo, es, sin dudas, no saber qué hay del otro lado. La incertidumbre que nos hace sentir vivos, el pellizco para saber que estamos despiertos. Sí, tenés los ojos abiertos, por eso te asusta perder, por eso te tiemblan las manos. Apagá el cerebro y dejá de pensar, por una vez, tanto las cosas. Y entendé que la vida no pasa sólo en terapia, que el mundo, lo real, está afuera, que las cosas sólo pasan cuando uno las habla. 
Bajé la mirada. Me temblaban las manos. Él seguía hablando de no sé qué. Yo sólo quería que se hiciera de día.


A.
B.
El otro día me dijeron que es lo mismo.

jueves, 4 de diciembre de 2014

Escena 382

Recién entonces fue plenamente consciente del silencio incómodo que se produce luego de que alguien sea muy sincero. Antes de hablar otra vez, miró al cielo que ya comenzaba a cambiar de color. Si hay algo lindo del verano, son sus noches; que son, también, lo que menos dura. Cerró los ojos mientras el viento le agitaba algunos mechones de pelo. Concentró el oído en el ruido de la respiración de él, que seguía callado. Todavía latía en sus retinas la expresión dura que había adoptado mientras hablaba. Cuando reabrió los ojos, se encontró con el perfil de su rostro, con la mirada en el horizonte, esquiva. Sabía que estaba haciendo un esfuerzo, que buscaba la forma de hacerle el menor daño posible. Cuando por fin gira la cabeza para mirarla, cuando posa la mano izquierda en su rodilla antes de hablar como tantas otras veces; ella supo, en silencio supo, que las fotos que ahora descansaban invisibles en su cámara, una vez reveladas y copiadas tendrían otro valor; que cualquier cosa que él ahora pudiera alegar ya no tenía importancia; que a veces es mejor cerrar la puerta e irse primero, elegir ser cobarde resignar, antes que seguir interpretando el papel pasivo donde es sólo hasta donde él quiere que sea. Y sabe, sin embargo, que cuando eso fue el mundo, también era una decisión. Pensó en la resignificación de las cosas, en como algo tan cotidiano como una foto adopta un valor determinado una vez teñido de color de los finales tristes.
Entonces posó la mano sobre la suya y antes de que pudiera decir algo, le dio un beso, un beso con sabor a nunca más, de esos que se graban y duelen no por lo que son, sino por lo que significan. De esos besos que no pretenden ser la antesala de otra cosa, la excusa silenciosa para sacarse la ropa, para acabar, para desdibujar al otro ahí donde sólo importa lo que a uno le pasa. La humedad de los cuerpos, la fragilidad de las almas. Como si acaso pudiera establecer algún tipo de distancia entre aquello que le pasa en la piel y lo que ama. La respiración entrecortada debajo de su cuerpo, al oído un te quiero. Entrecortado todo, las respiraciones, el amor y el placer. Lo indisociable que le resulta el sexo del sentimiento con algunas personas. Pero no. Apoyó la mano derecha en su mejilla y lo acarició con ternura.; presentía las disculpas latiéndole en los labios, disculpas que ella sabe que no tiene que pedir, quizás por eso lo calle con un beso. Cuando se separan, el sol ya salió y el espacio entre ambos es un abismo desde el cual él se prende un cigarrillo y ella se va. Él se preocupa y ella se alivia.
Entonces, la escena cambia.


El guión de mi película
la mía, la propia, la que se arma en mi cabeza
en la que actúo yo
siempre tiene el mismo desenlace: el final.
Y mientras tanto me dedico a imaginar caminos probables.
Creo que este es el que más miedo me da.
Bruna.




jueves, 27 de noviembre de 2014

Escribir

Eran alrededor de las cinco de la mañana, volvía a casa sola en colectivo. No es algo que pase seguido, sin embargo cuando sucede suelo reflexionar. Las horas previas al amanecer y la soledad son un ambiente propicio. Resulta que soy una persona muy contradictoria en muchos aspectos — no me gusta usar la palabra “bipolar” porque es un término que se puso muy de moda para denominar personas histéricas, cuando en realidad es una patología — a veces me cuesta sostener una decisión en el tiempo. Al principio me resultaba un defecto pero con el paso de los años entendí que todos cambiamos y que es una de las mejores cosas que pueden pasarnos; porque moverse es crecer, es aprender a hacer balances, a entender que elegir también a veces significa resignar, comprender que lo que era bueno en algún momento ya no lo es y bancarse decir “yo creí en esto pero ya no”. Sobre todo eso, bancarse hablar de lo que uno piensa o siente, con los riesgos que conlleva.
Pensé que iba a dejar de escribir. Tengo una teoría en la cual sostengo que del dolor salen las mejores cosas — quizás no sea mía y se la haya robado a alguien más — . Disfruto del arte atravesado por el dolor, tal vez por el simple hecho de que me resulta más real. Y esa realidad sé que es singular y propia y que engloba, por lo tanto, un montón de ideas de mundo que son mías. Una vez, estaba tomando un café con Juan y hablando del amor — como siempre que tomamos un café — , cuando me dijo:
— No es por hacerme el inteligente, pero creo que no podemos sentir ese amor vacío, en el que nada sucede, que todo es calmo y da igual. Querer por que sí.
Hay momentos en los que dice cosas que después quedan en mi cabeza muchos días. Por alguna razón que desconozco, hay algo en mí que necesita intelectualizar el amor; admirar, aprender, callarme por una vez en la vida y escuchar; pero también — y esto retomando la idea del dolor — necesito que ese amor me duela, no porque sea una persona masoquista sino porque si tiene el poder de hacerme mal, es real, y por lo tanto tiene también la facultad de hacerme bien. Por eso no puedo soportar una relación llana, el estar de acuerdo siempre en todo, en que dé igual si es ese u otro. Creo que todos indefectiblemente nos volvemos adictos a algo, como si lo necesitáramos para respirar. Por eso nuestra memoria guarda con tanta nitidez algunos recuerdos. Y esa adicción, creo, es absolutamente egoísta al igual que todas las demás; porque uno no termina necesitando una persona, sino como ésta nos hace sentir.
Pero siempre son un montón de cosas que hay que bancarse decir, el “me pasa tal cosa” o el “no necesito que esto cambie”. Por eso escribo; porque resulta que además de contradictoria soy egocéntrica, pero sobre todo estoy llena de miedo y como de alguna manera lo tengo que decir, siempre vuelvo a la hoja rayada y el trazo fuerte de una lapicera negra.

Me molestan los textos sin justificar 
(hablo del formato, no el texto en sí).
Me molesta tener que reprimir el beso
que de vez en cuando
le quiero dar.
Me molesta llorar.
Y escaparme escribiendo,
como si eso fuera suficiente.